sábado, 15 de febrero de 2014


ESTAMBUL

Dedicated to / Dedicado a: Binnur, Sila, Ege & Eralp.

Texto y fotografías de Juanjo Pardo Mora©
escribiendoconluz@yahoo.es
Música: Omar Faruk Tekbilek




En la Torre de la Doncella, salpicada de leyendas y embatida por las aguas del Mar de Mármara, el Cuerno de Oro y el Bósforo, el viento me azota cual marino en proa.

A babor, el perfil de Sultanahmet, con el Palacio de Topkapi y su harem, la otrora basílica y mezquita de "Ayasofya", de la "sabiduría divina", y los seis alminares de la Mezquita Azul apuntando a la media luna y la estrella. En la casa del compositor Ismail Dede Efendi los derviches giran alzando hacia el firmamento la palma de su mano derecha para captar la energía del mundo espiritual y así entregarla con la izquierda a la Tierra. Un almuecín llama a la oración, "Allahu Akbaru, Allahu Akbar...", mientras un ferry atraca en el animado muelle de Eminönü, junto al bazar de las  especias y sus aromas a vainilla, pimienta, anís y cardamomo. Los estambulitas acarrean géneros hasta el Gran Bazar, las callejas devienen un gran zoco. En Çemberlitaş, los vapores de un baño turco recuerdan a los del Orient Express haciendo entrada hace días en la estación de Sirkeci Gari, mientras en Hodjapasha, los movimientos sensuales de una bailarina dilatan el iris de un espectador.

A estribor el puente de Gálata enlaza con Beyoğlu, barrio del novelista Orhan Pamuk y del "Ojo de Estambul", el fotoperiodista de la Agencia Magnum Ara Güler. Se escucha castellano antiguo en boca de los sefardíes, descendientes de los judíos que vivieron en España hasta 1492. Miro hacia el Mar Negro. Sobre el Bósforo cuelga un puente de 1074 metros que enlaza Europa con Asia, el Boğaziçi Köprüsü...

Y el espíritu de Atatürk, fundador de la República de Turquía, se hace presente en cada recoveco de la antigua Constantinopla.





           













                                                                                                                    



viernes, 3 de enero de 2014

 












 PROVENZA…
 Donde el Sol 
 agrieta la tierra“
  
  Textos y fotografías de Juan José Pardo Mora
  escribiendoconluz@yahoo.es
  Dedié a Will, Annabel, Christophe et Laurette.




Al este de Saint-Jean-de-Védas, nuestro pueblo hermano, y más allá de la Camarga, habita el corazón de la Provenza… el departamento del Var. 

Annabel y Wilfried, dos buenos amigos y desposados no hace mucho, me reciben en Cabasse, enclavada en un frondoso valle a la vera del río Issole. En los días siguientes exploramos los aledaños, sucediéndose esta cascada de imágenes:

Wilfried al volante, y en ruta de Brignoles a Cabasse, un gazapo atraviesa serenamente la calzada. Un jabalí, con las orejas bien tiesas, pasea entre parrales. En las afueras del pueblo, y en medio de una viña… un menhir aún erecto desde tiempos prehistóricos. En el pueblo la panadera vende su primera baguette de la mañana, bien caliente, bien crujiente; el kiosko de prensa su primer diario “Var-Matin”, donde leemos que Entrecasteaux celebra las jornadas europeas de la miel. 

Confección de pan con especias, velas de cera de abeja, un apicultor extrayendo la miel de una colmena. Una señora octogenaria entra en su Citröen dos caballos con unas botellas de rosado de la bodega local. De las higueras, que nos escoltan a ambos lados de la ruta serpenteante, Annabel recoge higos para preparar mermelada casera. Mientras recorremos el Var, en los llanos de Valensole se extienden hasta el infinito inmensos campos de lavanda y lavandina. Color malva. Miel de espliego. 


En Garéoult, mercado provenzal. Ajos, tomates, melones, aceitunas a los mil y un aromas de la provenza… salchichones con trocitos de higo. Entre colinas boscosas Entrecasteaux, pasadizos del siglo XI, viejas calles adoquinadas. Las reliquias de Santa María Magdalena reposando en St-Maximin-la-Ste-Baume. Aromas a jazmín y rosa. La madre de Wilfried, Laurette, envolviendo en una pequeña tela azul semillas de lavanda de su jardín, donde también crece un granado así como su sombra. 


Ascensión al poblado troglodita de Cotignac, cavernas escavadas en un peñasco con vistas (Le Rocher). El canto enloquecido de una cigarra a media tarde. Vendimiadores encorvados al sol de septiembre. Desde un promontorio, y mirando al Mediterráneo, el pueblo medieval y artesano de Le Castellet. Las viñas, madre del vino rosado Côtes de Provence, seco y afrutado, cubren la Costa Azul desde Marsella a Niza. Calas y acantilados de ensueño entre Cassis y Marsella (Les Calanques). El tan temido mistral brilla por su ausencia. Colores de Provenza que inspiraron a Picasso, Van Gogh, Renoir; Matisse, Chagall, Cézanne… 


En Rougiers, una partida nocturna de petanca en la fiesta local. En Saint-Tropez zarpa el Kimberly, bajo la atenta mirada de Christophe. Y no lejos, en Aubagne, el espíritu del escritor y director de cine Marcel Pagnol narrando sus “Recuerdos de infancia” (Souvenirs d´enfance), bajo la montaña del Garlabán, sobrevolada por una pareja de búhos al anochecer, y en la que aún resuena en cada rincón uno de sus poemas de juventud… “La Cigarra”:




LA CIGALE 



Le soleil fendille la terre, 
Aucun bruit ne trouble les champs
On n'entend plus les joyeux chants 
Des oiseaux qui chantaient naguère. 
Tous par la chaleur assoupis 
Sous les buissons se sont tapis. 
Seule une cigale est sur l'aire.

Son ventre sonore se meut  
Sur une gerbe elle est posée 
Seule elle n'est point épuisée 
Par l'astre à l'haleine de feu. 
Et la chanteuse infatigable 
Jette dans l'air brûlant et bleu 
Sa ritournelle interminable.



LA CIGARRA



                                        El sol agrieta la tierra
                                        Ningún ruido perturba los campos
                                        Ya no se escuchan los alegres cantos
                                        De los pájaros que cantaban hace ya un tiempo.
                                        Todos por el calor adormecidos
                                        Bajo los matorrales se han escondido.
                                        En aquel lugar sólo hay una cigarra.

                                        Su vientre sonoro se agita
                                        Sobre una gavilla está posada
                                       Aunque solitaria no está agotada
                                       Por el astro de aliento de fuego.
                                       Y la cantante incansable
                                       Lanza al aire abrasador y azul
                                       Su cantinela interminable.

                                       Marcel Pagnol


miércoles, 21 de diciembre de 2011


TRANSILVANIA “Rapsodia Rumana”

Texto y fotografías Juanjo Pardo Mora
escribiendoconluz@yahoo.es

Lleva cuidado”, me aconsejan con inquietud. Se rumorea que a los pies del edificio acristalado al que me destinan crecen barracas, tiendas de campaña y un autobús pintado de blanco hasta las ventanillas, donde malviven familias de gitanos rumanos. El que esto narra nació en Murcia, en un barrio donde aún hoy conviven payos y calés. No entiendo el recelo. Me viene a la memoria aquel ensayo, “Encuentro con el otro”, del polaco Riszard Kapuściński, donde el periodista disertaba sobre la desconfianza y el miedo hacia el desconocido, y de la búsqueda del diálogo y el entendimiento con el otro. Paseo por el asentamiento al acabar la jornada. Del autocar destartalado, de cuyo lateral seca la colada, desciende Pérsida, de 18 años. Pronto dará a luz a su tercer hijo, asegura que va a ser niño. Del campamento me sale al encuentro un chiquillo. Me clava la mirada, silencioso y calmo. Le pregunto su nombre. Su rostro deviene risueño, y con un tono altivo responde: ¡Napoleón!.

Diario de Ruta.  Madrid-Bucarest.
Barajas. Vuelo U2 7838. 6h00 de la mañana.

Meses después, con la riñonera de la mochila bien ajustada, me embarco hacia Rumanía. Desconcertado, escribo mi primera impresión en el cuaderno de viaje: “Soy el único extranjero en la aeronave con destino a Bucarest”. Tres horas y media más tarde el aparato sobrevuela el valle entre la Cordillera de los Cárpatos y el Danubio, cuyas aguas se deslizan ya mansamente hacia su Delta en el Mar Negro. Rozando la medianoche tomará tierra en Bǎneasa el avión de Adolfo, amigo sevillano que me acompañará en esta andanza balcánica.

Pronuncio “Un bilet pentru Bucureşti, vǎ rog” a la taquillera y viajo en bus a la capital. Urbe que intenta reinventarse a sí misma… Viejos Dacia aún contaminan el aire. Infinidad de cables tejen una red sobre el asfalto, algunos rozando las aceras, como lianas en la selva; de otros penden semáforos, o se enrollan como serpientes en cada farola. La calle Stavropoleos, en Lipscani, está tomada por un ejército de obreros adoquinando, sus espaldas curvas, al ritmo de mazos golpeando la piedra labrada, bajo la mirada atenta del capataz acodado en una pala. Junto a la “Banca Nationala” una excavadora abre una zanja en el bulevar, mientras doce operarios contemplan la precisa ejecución. El dictador Ceauşescu derribó parte del casco histórico para erigir un colosal palacio, el “Palatul Parlamentului”, rodeado de jardines baldíos. Como contrapunto, los frescos de las iglesias ortodoxas y los edificios estilo parisino; la venta “Hanul lui Manuc”, antiguo caravasar que albergaba las caravanas que antaño atravesaban Europa; la Vieja Corte donde residió Vlad Drǎculea, Príncipe de Valaquia…


En un lateral de la iglesia Domneasca decenas de mujeres ofrendan velas a sus muertos bajo un calor sofocante. Y en honor a la vida, la ciudad celebra el Festival de música George Enescu, el célebre compositor rumano. En Piata Rosetti una florera vende girasoles propios de un cuadro de Van Gogh. Y en el romántico parque de Cişmigiu, las parejas se dan muestras de afecto en un banco, o dejando de remar en el lago.


Diario de Ruta.  Tren  Bucarest – Brasov (Kronstadt)
Gara de Nord. Salida: 10h50. Distancia 166 Km. Llegada prevista: 14h22.

El convoy de la “Caile Ferate Romane” recorre Muntenia, pausado, aproximándose a la Cordillera de los Cárpatos, la frontera con Transilvania. Atravesamos rutas comerciales del medievo, que unieron esta región con el norte de Europa y Asia. Llegando a Valea Larga un chico recorre el vagón vendiendo grosellas, y conocemos a la joven Madelina, que pretende devenir modelo en Bucarest. La locomotora aminora la marcha por la acusada pendiente. Atrás quedará pronto la alta montaña. Por la ventanilla contemplamos pequeños poblados con huertos biológicos y casas modestas. Algunos son de etnia gitana, “los Reyes de la Naturaleza”, como dicen los llamaba Cervantes. Detrás de un aldeano, sobre una colina cercana, se apresuran una vaca, gansos, un cerdo y unas cabras.

Pernoctamos en Brasov, lugar que fue llamado ”La Ciudad Stalin”. El Hotel Capitol es una torre de hormigón de la era comunista. 183 habitaciones idénticas en corredores infinitos. Gabriela, la recepcionista, nos recibe como una diva del celuloide, a la napolitana, con la camisa entreabierta y un aire a lo Sofía Loren en una película de Vitorio de Sica. Bun venit!.


Brasov es una de las siete ciudadelas sajonas de la región, amurallada, con torres, baluartes y puentes. Construída en el cruce de rutas comerciales que unían el Imperio Otomano y el oeste de Europa. Mientras el astro sol se oculta tras la Iglesia Negra, en el mesón “Cerbul Carpatin” Alina nos sirve un “carnati ardelenesti” y una “ciorba de vacuta taraneasca” acompañada de una Ursus Premium. Entretanto, un grupo folklórico danza a son de una flauta de Pan, que tanto ha popularizado el virtuoso rumano Gheorge Zamfir.
Al alba, un bus antediluviano nos conduce a Bran, donde los segadores de trigo afilan ya sus guadañas a los pies de los torreones picudos del conocido “Castillo de Drácula”, alzado sobre una colina rocosa, e inconquistable por sus gruesos muros. Caudalosos ríos, precipicios y frondosos bosques lo amparan. Vlad Drǎculea capturó Bran en una de sus batallas contra los comerciantes de Brasov, y atestiguo y perjuro, incitado quizás por el delirio o el  ensueño, que su presencia se hace sentir en cada recoveco.

Diario de Ruta.   Tren  Brasov – Sighisoara (Schäßburg)
Express. Salida: 9h52.  Distancia 128 Km.  Llegada prevista: 12h34.

Seguimos en ruta surcando la red de ferrocarriles rumana entre vastos campos de maíz… Llegando al corazón de Transilvania su latido se hace más intenso al cruzar el río Târnava. El Express se detiene a los pies de la ciudadela de Sighisoara, que domina el valle, inexpugnable, con sus nueve torres y dos bastiones, amurallada… romántica...


Ascendemos con las mochilas por sus calles adoquinadas en busca de la Casa Wagner, nuestra hospedería en la plaza Cetatii, donde antaño se juzgaba a las brujas. Caminamos bajo la Torre del Reloj, que protege la puerta este. Sobre una veleta, un cuervo observa a los viajeros. A sus pies, y defendida por un dragón de hierro forjado, la casa donde nació el temido Vlad Drǎculea, conocido como Vlad Tepes “El Empalador”. "Y mi reinado es perfecto, lucho por la fuerza y la paz de mi país, todos aquellos a los que yo protejo quedan agradecidos y me sirven... Derramo sangre por ellos, por eso nadie debe faltar a la ley ni a los principios del reino, pues acabaré con todo aquél que se atreva a desafiarme y a no luchar por lo que con tanto esfuerzo he conseguido".

Inflexible Vlad. Con estas palabras resonando aún en nuestra mente y para no perder el ánimo, comemos un buen sarmale acompañado de mǎmǎligǎ. Para el postre viajaremos a la colina de enfrente en busca de unos manzanos que ya están dando fruto junto a unas casas de campo. Le hincamos los dientes a unas pomas mientras oteamos Sighisoara allá abajo, con su cementerio en su cerro, rodeado éste de una vegetación frondosa y donde reposa la comunidad sajona: Michael Wenrich, Erna Fabini, Regina Abraham…

Nos topamos con una motocicleta arcaica con sidecar, pura arqueología de la historia de la automoción. Un señor desde una venta vocifera: “¡Vanzare, Vanzaaaare!” y desciende a nuestro encuentro. Lazǎr Ştefan, que así se llama, quiere vender  el vehículo y nos sugiere que busquemos comprador en “Spania”. En ello estamos. Nos ofrece su tarjeta, una estampa de Jesucristo y seguimos el rumbo. Las ramas de un manzano se agitan. Sentado en una de ellas un zagal mordisquea una manzana mientras nos observa taciturno, y enfrente, Ioan Mumtean y su mujer disfrutan de una tarde apacible en su floreado jardín. Es la hora del Ángelus, un aldeano asa berenjenas en un viejo patio de la ciudadela mientras una ligera niebla comienza a cubrir las calles. Las luces de la fortaleza iluminan en contrapicado, dejando en penumbra algunas travesías y pasadizos, y creando un efecto inquietante, invirtiendo las sombras, para regocijo, quién sabe, si de algunos espíritus de la noche.


Diario de Ruta.  Tren Sighisoara – Sibiu (Hermannstadt)
Express.  Salida: 11h33.  Distancia 95 Km.  Llegada prevista: 14h01.

El camino de hierro va cerrando el círculo transilvano, cuando de repente el maquinista hecha el freno en medio del valle para recoger a un padre que se apresura por los campos con su pequeña en brazos. Dejando atrás la estación de Seica Mare se sienta a mi lado Gheorghe, un mecánico de coches y pescador, con camisa y gorra militar, que repite una y otra vez, combinando mirada alegre y apenada, que en Rumanía no existe una democracia real.

Ya en Sibiu disfrutamos de un mercado de artesanía en las plazas Micǎ y Mare. Un vendedor duerme en el suelo con los pies sobre un escobón; una señora dispone delicadamente en su puesto unos huevos pintados de Bucovina, propios de la Pascua ortodoxa; y mi retina se extasia con la belleza de la cerámica tradicional de Cucuteni y Horezu… En una esquina del mercado se arremolinan los puestos de gitanos, que visten su ropa tradicional. Ellos con sombrero de fieltro negro de ala ancha, y con coloridos pañuelos estampados ellas. Venden productos en madera para la casa, antigüedades, y enormes alambiques de cobre para producir ţuică con hasta 60% de alcohol o el “letal” palincă hasta el 86%.



Para relajar nuestros sentidos decidimos viajar a los cercanos montes Cindrel. Una hora después nos apeamos en un pueblo llamado Gura Râuluy. Casas dispuestas a un lado y otro de la calle principal, todas ellas con portones para los carros de caballos que vuelven al pueblo cargados de patatas, aperos de labranza y troncos. Adolfo entabla conversación con una señora con bata azul y pañuelo negro, juega con un grupo de niños y usa el lenguaje gestual para conversar con un abuelo. 
Una niña y un niño, pies desnudos y sentados en un monopatín atraviesan la calzada a toda velocidad para terminar en un zaguán. Una pequeña camina hacia la fuente, de donde emana agua de los Cárpatos. Una vaca se acerca a una casa, adagio, golpeando la cancela para que su dueña la invite a entrar. Y quizás, para celebrar la unión de dos pueblos, Eugen, recepcionista del hostal “Lacul de Argint”, nos invita a comer junto a su familia una tocanǎ y mǎmǎligǎ. Nos ofrece antes una buena conversación acompañada de un ţuicǎ, a lo que respondemos con un “Mulţumesc. Sǎnǎtate”, “Gracias. Salud”, y bebiéndolo de un solo trago sentimos que se nos abrasa el alma. Recuperado de la experiencia, le hago un retrato, está descamisado, con su kipá de ganchillo a la cabeza y sus dos tatuajes. De sonrisa burlona y profundo en ideas, el filósofo de los cárpatos dejará huella en nosotros. Mulţumesc Eugen.


Diario de Ruta.  Tren  Sibiu - Bucarest y vuelo a Madrid
Express. Salida: 17h00.  Distancia: 315 kilómetros.  Llegada: 23h15.

Oscurece mientras termino de garabatear unas letras. Abro la ventanilla del compartimento para sentir el relente, esa humedad que se hace presente en las noches serenas, y observo la luna creciente iluminando, apenas, los verdes pastos del antiguo Principado de Valaquia.

“La revedere” , Rumanía.

De vuelta al edificio acristalado, miro hacia el camino de Fuencarral a Hortaleza. Ya no está el autobús blanco… ni la caravana… ni los niños jugando en las aceras. Los vehículos fueron reducidos a escombros por una pala excavadora.

Ya en casa, escucho la composición de George Enescu, “Rapsodia Rumana”, inspirada en el folklore del país balcánico, mientras recuerdo aquel niño que, saliéndome al encuentro, me clavó la mirada, silencioso y calmo .

¡Feliz Navidad!, “¡Crǎciun Fericit!”, pequeño “Bonaparte”.



martes, 11 de octubre de 2011


FLORENCIA… 
“Quien sigue a una estrella nunca mira hacia atrás”

Texto y Fotografías de Juan José Pardo Mora 
Con los comentarios del florentino Giovanni Greco

escribiendoconluz@yahoo.es

Me cruzo con un monje franciscano en el patio del Convento de San Francesco en Fiésole, levantado éste sobre la antigua acrópolis etrusca, sobre una colina al norte del valle del río Arno. Hacia el este sobresale el Monte Ceceri, donde Leonardo da Vinci puso a prueba una de sus “naves del aire”, un gran pájaro fruto de la observación del vuelo de las aves y del conocimiento de la “ciencia de los vientos”. Según la leyenda el ingenio remontó el vuelo y planeó hasta Villa Camerata, a los pies del monte; y si soñamos, sólo si soñamos, el aparato hubiera podido seguir sobrevolando viñedos, campos de orquídeas y olivares; palacios, monasterios y villas señoriales, surcando el cielo de la ciudad que se extiende más abajo, la capital toscana… Florencia “La Fiorente”.


Tomamos tierra en Plaza San Marco para ir en busca del “Gigante”, no sin antes tomar un buen capuccino, con mucha espuma de leche, en el Gran Caffé San Marco. El bullicio de la plaza y el ir y venir de los universitarios deja paso a la quietud de la Via Ricasoli, donde nos adentramos rastreando las huellas del Renacimiento, de esa Florencia del Quatrocento y Cinquecento que resucitó la gloria de la antigua Grecia en la cultura y el arte. En este reportaje nos acompañarán, más adelante, los comentarios de un amigo florentino, Giovanni Greco, que lleva el nombre del santo patrón de esta urbe. La presencia del gigante se intuye más cercana. Alcanzamos el nº 60 y entramos en el vestíbulo de la Galleria dell´Accademia, dejando atrás la primera sala camino de la “Galería de los Prisioneros”. Allí nos enfrentamos cara a cara con “El Barbudo”, “El Joven”, “El Atlante” y “El despertar del Esclavo”, esculturas de Miguel Ángel cautivas de la masa marmórea que los circunda y aprisiona, y de la que ansían desprenderse desde hace cinco siglos. En cierta ocasión alguien preguntó al maestro sobre el método usado para crear obras tan bellas, y su respuesta fue: “Es muy simple, cuando miro un bloque de mármol veo la escultura dentro de él. Todo lo que tengo que hacer es retirar lo que sobra”. Los inquietos esclavos hacen de séquito a una figura legendaria, la escultura más admirada de todos los tiempos. Al final de la galería y bajo la cúpula de la Academia surge el gigante, el “David” de Miguel Ángel, con sus más de 4 metros de altura sobre un pedestal de dos. La figura desnuda, tallada en actitud de espera, como si para ella el tiempo se hubiera detenido eternamente, cobra vida por la tensión que alberga la penetrante mirada del joven pastor, que onda en mano y una fuerte fe en Dios golpeó en la frente a Goliath, líder de los filisteos, y decidió la batalla, consiguiendo la victoria para el Reino de Israel.

Dos años se dice que tardó Miguel Ángel en esculpir a golpe de mazo el enorme bloque de mármol llegado de Carrara, una obra que otros dos escultores habían comenzado y abandonado a su suerte en la Ópera del Duomo, a espaldas de la catedral de Santa María del Fiore. Una vez finalizada la obra se decidió que la estatua se expusiera en la puerta del Palacio Viejo. Rompieron entonces la pared de la puerta de la Ópera para hacerla salir y, protegida por un castillo de madera y “adagio”, a paso lento, cuarenta hombres la empujaron, llegando a su destino cuatro días más tarde a medianoche. Giovanni, la estatua del David de Michelangelo se dice que alude al sentido de independencia y libertad que animó a la República de Florencia a principios del XVI, ¿qué representa para los florentinos hoy en día?: “Estos valores desafortunadamente se han perdido. El David, como tristemente suele pasar, se ha convertido en producto de marketing. Sin embargo, pienso que Florencia no puede pasar sin él. ¿Cómo verías el “Palazzo Vecchio” sin el David en la entrada?, y ¿cómo sería el “Piazzale Michelangelo” sin él, sin la protección de esa estatua que presenta desde la colina la belleza de la ciudad, como el mejor anfitrión?. En ese caso sigue manteniendo su fiereza, como parte de un magnífico binomio con la ciudad… Algo que comunica seguridad, fuerza y perfección”. Completamente de acuerdo Giovanni.
Y si a estas alturas del reportaje, y cambiando de tercio, hacemos una parada técnica para reponer fuerzas y buscamos una trattoria para degustar alguna especialidad toscana, … ¿qué elegirías?: “La ribollita (sopa de verduras, judías y pan). Hecha como Dios manda es deliciosa, sobre todo en invierno, cuando hace frío y deseamos calentarnos con algo que no sea un radiador. Entre las verduras no me olvidaría de los “fagioli all’uccelletto”, o sea, alubias con salsa de tomate, salvia, perejíl y ajo… Luego, si el hambre exige más, rumbo a la “bistecca alla fiorentina”, el clásico “steak” espeso servido únicamente con sal y limón, o también a los “saltimbocca”, carne de ternera enrollada y rellena de jamón crudo, verduras y queso. Ese último plato lo aconsejo con patatas asadas”.

Calmado el apetito seguimos en ruta. Desde la Via Ricasoli tomo unas fotografías de una obra maestra del primer Renacimiento, la Cúpula de la Basílica de Santa María del Fiore, de Brunelleschi, que domina el perfil de Florencia desde los cuatro puntos cardinales. El maestro la erigió sin andamios interiores, ni muros de carga, ni soportes de madera, y la componen más de cuatro millones de ladrillos rojos. Inventó máquinas elevadoras y grúas para alzar enormes piedras a más de 60 metros de altura. Una vez completada la cúpula, la catedral se convertiría en la mayor de toda la cristiandad. Dieciseis años de dura labor. La obra de una mente brillante, todo un hito en la historia de la arquitectura.

Giovanni, ¿eres purasangre, como decís en Florencia “Nacido y crecido a la sombra de la Cúpula”?: “He nacido a 100 metros de la iglesia de la Santa Croce. ¡Creo que es muy difícil ser más florentino que yo!”. Seguimos la marcha. Frente a la catedral, revestido de mármol blanco de Carrara y verde oscuro de Prato, y emplazado sobre un antiguo templo romano dedicado a Marte, está el baptisterio. La puerta este, de Lorenzo Ghiberti, fue llamada “del paraíso” por Miguel Ángel, pues al contemplarla no dudó en pensar que el paraíso debía tener unas puertas tan bellas como aquellas. Tardó el maestro orfebre veintisiete años en crear los relieves en bronce que representan, en diez paneles, escenas del antiguo testamento. Hasta el siglo XIX todos los ciudadanos católicos de Florencia eran bautizados en este baptisterio, y el poeta Dante Alighieri fue uno de ellos. Vayamos a su casa, callejero en mano, pues se halla escondida en un entramado de callejuelas en el corazón medieval florentino. Via dello Studio, atravesamos la del Corso y nos adentramos en Via Santa Margherita.


Allí se alza una casa-torre, una reconstrucción realizada en el pasado siglo y que alberga la vida y obra del poeta. Su “Divina Comedia”, obra de la Alta Edad Media, con su Infierno, Purgatorio y Paraíso, cambió la forma de pensar en occidente en cuanto a los modos de ser de la humanidad. La casa, como su Comedia, tiene tres partes, tres pisos, tres reinos. Giovanni, si hubiera un lugar en Florencia donde hallar el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, ¿qué lugares serían y por qué?: “Dante llamó al Infierno “la città dolente” y “l’eterno dolore”. Digamos que un lugar que recuerde estas definiciones son las avenidas alrededor del centro (“viali di circonvallazione”), un océano de coches y de smog, gente sentada en latas metálicas que pitan y gritan y que no logran avanzar. Es la peor parte de la ciudad, desde siempre rehén del tráfico y del egoísmo de muchos ciudadanos. El Purgatorio, siempre según Dante, es el lugar donde se cumple un recorrido espiritual, la espiación de pecados para alcanzar el cielo (“puro y dispuesto a subir a las estrellas”), siempre para no perder de vista a nuestro sumo poeta. Hoy lo vemos en las colas interminables de turistas delante de los museos, que aceptan un montón de sacrificios para luego encantarse delante de un cuadro o de una escultura…Nadie les para. Paraguas o quitasoles les ayudan a aguantar, a sufrir. A diferencia de los presos en el tráfico, que no tienen ninguna esperanza de mejoras, estos turistas saben que sus esfuerzos serán recompensados, ¡pronto o tarde!. ¿El Paraíso?, lo alcanzamos en muchos lugares, muchas calles y barrios del centro… Lo vemos, ahora más que antes, paseando por la Piazza San Giovanni (Piazza del Duomo), por fin peatonal. Sin embargo, un verdadero rincón del Paraíso se ve en un jardín menos conocido, cerca del “Ponte Vecchio”, el “Giardino Bardini”. Creo que Dante estaría de acuerdo”.


El reloj señala las diez de la noche y nos toca vivir una pequeña andanza, averiguando la ubicación de un viejo pasaje secreto que nos llevará no muy lejos de aquel “Giardino” del que habla Giovanni. Caminamos dirección al Palacio Viejo y Plaza de la Señoría, centro de la vida política de la ciudad. A la fuente de Neptuno, en el centro de la explanada, las madres llevaban a sus hijas en edad de casarse para que aprendieran un poco de anatomía masculina. El arte a disposición del conocimiento. En la esquina de Palacio, no muy alejado del hermano de Plutón y Júpiter, un león llamado “el marzocco” protege con su zarpa el escudo de Florencia. En la puerta de la residencia palaciega, un “David” de Miguel Ángel hace guardia ante unos escasos turistas que se baten ya en retirada. El Palacio Viejo, donde tenemos cita, fue residencia de los Medici, descendientes de comerciantes y banqueros, que gobernaron esta ciudad durante cuatro siglos. Lorenzo de Medici “El Magnífico”, Príncipe de Florencia, diplomático y banquero, fundó la Biblioteca Medicea Laurenciana y fue mecenas de las artes y la arquitectura del Renacimiento. Nos comentan que en el subsuelo del Palacio los arqueólogos han encontrado subterráneos, galerías medievales y calzadas romanas. En el salón de mapas geográficos, justo detrás del mapa de Armenia una puerta secreta comunica con pasajes que comunican ambas alas de Palacio. Ascendemos a la torre para hacer unas tomas nocturnas de la ciudad, encuadrando la cúpula de Brunelleschi y el campanario de Giotto tras una ventana entreabierta. Si el astro Sol estuviera presente lograríamos divisar los Apeninos, pero rondando la medianoche no es buen momento.


En la Sala Verde hay una puerta, condenada a los visitantes, que da acceso al Pasillo Vasariano, nuestro objetivo. Cóximo 1º, abuelo de Lorenzo “El Magnífico”, hizo construir este pasaje para que su familia pudiera ir de Palacio Viejo hasta el nuevo Palacio Pitti. El corredor llega a la Galería de los Uffici, pinacoteca que alberga cuadros de Rafael, Miguel Ángel, Da Vinci, Boticelli…







Continua el pasillo atravesando el río Arno, sobre las incontables joyerías del Puente Viejo, donde está expuesta una de la más grandes colecciones de autorretratos de artistas. Al sur del río, cuyas aguas nacidas en los Apeninos discurren ya hacia Pisa, sigue el corredor hacia la iglesia de Santa Felicita, donde el pasaje atraviesa el templo a nivel del coro. Los señores podían presenciar desde allí los oficios religiosos sin ser nunca vistos. La peregrinación por el pasaje secreto termina en Palacio Pitti y sus jardines de Boboli, segunda residencia de los Medici.

Las manecillas del reloj marcan una hora intempestiva. Contracorriente y “adagio”, con la lentitud de los viajeros cansados pero con la curiosidad aún viva, remontamos el río hasta la Plaza Michelangelo, sobre una suave colina a pies del Arno, desde donde sentimos las murallas proteger el corazón de la ciudad eterna y Fiésole allá en las alturas, donde aquél monje franciscano andará soñando con la divinidad. Nos sentamos bajo la estatua del “David”, que preside el lugar como defendiendo Florencia en la apacible madrugada. Hace ya un tiempo, allá abajo, Leonardo daba, quizás, las primeras pinceladas a su “Mona Lisa”, Machiavello concebía sus teorías políticas, Galileo guiaba su telescopio para observar Saturno y descubría las fases de Venus… Dirigiendo nuestra vista hacia el este, Júpiter brilla sobre el horizonte más intenso que jamás. Dicen que hoy la Tierra está pasando entre este planeta y el Sol.

Giovanni, decía Da Vinci que, “quien sigue a una estrella nunca mira hacia atrás”: 
“Sí, la Historia de Florencia está llena de hombres que han seguido estrellas para entregárselas a las generaciones futuras. Estatistas, artistas en el sentido más amplio de la palabra, artesanos. Es noble levantar la cabeza para buscar una estrella rara, nuevos mundos, y no por utopía o por fe, sino para cambiar la realidad y las consciencias, para que en el futuro, más y más personas, puedan tocar estas preciosidades, disfrutarlas y ser dignas de ellas”.